Cada primavera, el olivar entra en una de las fases más delicadas y determinantes de su ciclo: la floración del olivar. Aunque visualmente apenas dura unos días, en ese breve periodo se define gran parte del potencial productivo de la campaña.
La flor del olivo aparece agrupada en inflorescencias llamadas panículas, que nacen en los brotes del año anterior. Un dato curioso es que solo un pequeño porcentaje de esas flores llegará a convertirse en aceituna. En condiciones normales, menos del 2 % termina cuajando fruto, pero eso suele ser suficiente para obtener una buena producción.
La floración del olivar suele producirse entre principios de mayo y de junio, dependiendo de la variedad, la altitud y las temperaturas acumuladas durante la primavera. Variedades como Picual pueden atrasarse algunos días respecto a Arbequina o Hojiblanca, más tempranas en floración.
El proceso comienza realmente mucho antes. Durante el invierno, el árbol necesita acumular horas de frío para inducir correctamente la diferenciación floral. Después, con el aumento de temperaturas en primavera, se activa el desarrollo de las yemas.
La temperatura durante la floración del olivar es crítica. El rango óptimo para una buena fecundación suele situarse entre 18 °C y 25 °C. Episodios de calor intenso, viento seco o lluvias persistentes pueden reducir notablemente el cuajado.
También influye mucho la humedad relativa. Un ambiente excesivamente seco dificulta la viabilidad del polen, mientras que lluvias durante plena floración pueden lavar el polen y limitar la polinización.
Aunque el olivo es una especie anemófila (es decir, se poliniza principalmente por el viento), la presencia de biodiversidad en el entorno ayuda a mantener un ecosistema más equilibrado y resiliente.
Un error frecuente es pensar que la floración se decide únicamente en primavera. En realidad, el estado nutricional del árbol durante el otoño anterior tiene mucho peso. Elementos como nitrógeno, boro y potasio participan directamente en la formación floral y el cuajado.
Además, prácticas como una poda equilibrada permiten mejorar la iluminación y ventilación de la copa, favoreciendo flores más viables y homogéneas.
El estrés hídrico también juega un papel importante. Un déficit severo antes o durante la floración puede provocar aborto floral y caída prematura de flores.
En olivicultura existe una idea muy repetida: “olivo cargado de flor, año seguro”. Técnicamente, no siempre es así. Una floración excesiva puede incluso ser síntoma de vecería, el comportamiento alternante típico del olivo, donde un año de alta producción suele ir seguido de otro más moderado.
Por eso, más que fijarse únicamente en la cantidad de flor, los técnicos observan parámetros como uniformidad, porcentaje de flores perfectas y condiciones climáticas previstas durante el cuajado.
En definitiva, la floración del olivar es un momento breve, pero decisivo. Y aunque desde fuera parezca solo un paisaje blanco y aromático, dentro del árbol se está jugando la próxima cosecha gota a gota.
Este año estamos viviendo una floración del olivar espectacular en Tabernas, ya iniciada y favorecida por varios factores clave: unas lluvias de invierno superiores a lo habitual, una excelente recuperación postcosecha, una poda temprana eliminando el exceso de madera y una estrategia nutricional muy enfocada tanto en la fase posterior a la cosecha como en el arranque de la brotación, impulsando así la floración y el crecimiento vegetativo.
Ahora tenemos los dedos cruzados, porque el buen cuajado del fruto dependerá en gran parte de cómo evolucione el clima. En las últimas dos semanas hemos tenido una combinación de temperaturas cálidas moderadas, lluvias escasas pero suaves, algo de viento y cierta humedad relativa durante las mañanas. Las máximas no han sido excesivas, superando los 25 ºC solo en momentos puntuales y manteniéndose la mayor parte del tiempo entre los 19 y 23 ºC, con noches frescas de entre 10 y 15 ºC.
Veremos que ocurre tras 2 semanas más, os dejamos fotos del olivar en floración.